
– Morirás en Venecia, lo mismo que Bellini -dijo Gabriel-. Yo te enterraré debajo de un ciprés en San Michele, en una enorme cripta, como se merece un hombre de tus logros.
Tiepolo pareció complacido con esa imagen, aun a sabiendas de que, como la mayoría de los actuales venecianos, tendría que sufrir la indignidad de un entierro en tierra firme.
– ¿Qué me dices de ti, Mario? ¿Dónde morirás?
– Con un poco de suerte, será cuando y donde yo quiera.
Eso es lo mejor que puede esperar un hombre como yo. -Sólo hazme un favor.
– ¿Cuál?
Tiepolo miró el retablo dañado.
– Acaba el retablo antes de morirte. Se lo debes a Giovanni.
Las sirenas de aviso de inundación instaladas en el campanario de la basílica de San Marco sonaron poco antes de las cuatro. Gabriel limpió apresuradamente los pinceles y la paleta; pero, cuando descendió del andamio y cruzó la nave hasta la puerta principal, la calle ya estaba cubierta con un palmo de agua.
Volvió al interior. Como la mayoría de los venecianos, tenía varios pares de botas de goma altas, hasta los muslos, que guardaba en puntos estratégicos, listas para ser utilizadas al momento. El par que guardaba en la iglesia era el primero que había tenido. Se las había prestado Umberto Conti, el gran maestro restaurador, que lo había aceptado en su taller como aprendiz. Gabriel había intentado devolverlas en múltiples ocasiones, pero Umberto nunca las había aceptado. «Guárdalas, Mario, junto con todo lo demás que te he dado. Te servirán bien, te lo prometo.»
Se puso las viejas bota de Umberto y se cubrió con una capellina impermeable de color verde. Un momento más tarde caminaba con el agua hasta las pantorrillas por la Salizzada San Giovanni Crisóstomo como un fantasma verde oliva. En la Strada Nova, los trabajadores del ayuntamiento no habían colocado las pasarelas de madera. Gabriel sabía que era una mala señal; significaba que se esperaba una inundación tan grande que el agua se las llevaría.
