El hombre que trabaja allí es desordenado y pasa desapercibido. Es su gran talento. Algunas veces, cuando entras, está encaramado en lo más alto de una escalera, buscando un libro. Por lo general está sentado detrás de su escritorio, envuelto en una nube de humo de cigarrillo y la mirada puesta en la pila de expedientes y documentos, que nunca parece disminuir. Se toma un momento para acabar una frase o escribir una nota en el margen de un documento, luego se levanta y extiende su pequeña mano mientras te mira con sus ojos castaños. «Eli Lavon», dice modestamente mientras te estrecha la mano, aunque todo el mundo en Viena sabe quién dirige Reclamaciones e Investigaciones de Guerra.

De no ser por la bien asentada fama de Lavon, su aspecto -la pechera de la camisa siempre con manchas de ceniza, un astroso cárdigan color burdeos con coderas y el dobladillo deshilachado- podría resultar inquietante. Algunos sospechan que es un pobretón; otros, que es un asceta o incluso que está un poco desquiciado. Una mujer que buscaba ayuda para conseguir que un banco suizo le devolviera el dinero incautado llegó a la conclusión de que había sufrido una tremenda decepción amorosa. ¿De qué otro modo podía explicarse el hecho de que nunca se hubiese casado, ese aire de desconsuelo que a veces tiene cuando cree que nadie lo mira? Sean las que sean las sospechas del visitante, el resultado siempre suele ser el mismo. La mayoría se aferra a él por miedo a que un día ya no esté.

Te señala el cómodo sofá. Pide a las chicas que no le pasen llamadas, luego une el pulgar y el índice y los apoya en los labios. «Café, por favor.» Donde no las pueden oír, las muchachas discuten a quién le toca. Reveka es una israelí de Haifa, de tez morena y ojos negros, testaruda y fogosa.



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