Si decide aceptar el caso, te pedirá una pequeña cantidad para financiar las etapas iniciales de la investigación. Lo pide con bastante embarazo y, si no puedes pagar, se olvida de pasarte la factura. La mayor parte de los fondos que recibe son donaciones, pero Reclamaciones de Guerra no es una empresa rentable y Lavon tiene un problema de liquidez crónico. Sus fuentes de financiación siempre han sido un tema de discusión en algunos círculos vieneses, donde se lo tiene por un extranjero problemático financiado por el judaísmo internacional, que siempre está metiendo las narices donde no lo llaman. Muchos en Austria verían con agrado que Reclamaciones de Guerra cerrara las puertas de una vez para siempre. Éste es el motivo por el que Eli Lavon pasa sus días tras cristales blindados verdes.

Un desapacible atardecer de principios de enero, Lavon estaba solo en su despacho, delante de una pila de expedientes. Aquel día no había ningún visitante. Para ser más exactos, hacía muchos días que Lavon no daba ninguna cita, y la parte de su tiempo lo dedicaba a un único caso. A las siete de la tarde, Reveka asomó la cabeza a su despacho.

– Tenemos hambre -dijo sin rodeos, algo típicamente israelí-. Tráenos algo de comer.

La memoria de Lavon, si bien impresionante, no se ocupaba de detalles nimios como la comida. Sin levantar la mirada de su trabajo, movió el bolígrafo en el aire como si estuviese escribiendo: «Hazme una lista, Reveka.»

Al cabo de un momento, cerró el expediente y se levantó. Miró a través de la ventana cómo la nieve se acumulaba en los ladrillos negros del patio de luces. Luego se puso el abrigo, se envolvió la bufanda dos veces alrededor del cuello y se puso una gorra sobre los cabellos cada vez más escasos.



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