
– ¿Cuándo ha llegado eso? -preguntó.
– Esta mañana.
– ¿Por qué tenemos un ordenador nuevo?
– Porque tú compraste el viejo cuando los Habsburgo todavía reinaban en Austria.
– ¿Yo he autorizado la compra de un ordenador nuevo?
La pregunta no era un reproche. Las muchachas se encargaban de la administración. Le ponían los papeles delante de las narices, y él solía firmarlos sin mirar.
– No, Eli, tú no aprobaste la compra. Mi padre ha pagado el ordenador.
– Tu padre es un hombre muy generoso. -Lavon sonrió-. Por favor, dale las gracias de mi parte.
Las muchachas continuaron con su discusión. Como de costumbre, ganó Sarah. Reveka escribió la lista y amenazó con prenderla a la manga del abrigo con un alfiler. En cambio, se la metió en el bolsillo y le dio un empujoncito para que se pusiera en marcha.
– No te pares a tomar un café -le advirtió-. Estamos hambrientas.
Salir de Reclamaciones e Investigaciones de Guerra era tan difícil como entrar. Lavon tecleó la combinación en el panel instalado junto a la puerta. Cuando sonó el timbre, abrió la puerta interior y entró en la cámara de seguridad. La puerta exterior no se abriría hasta que la interior no hubiese permanecido cerrada durante diez segundos. Lavon apoyó la frente en el cristal blindado y miró al exterior.
