
En la acera opuesta, oculta en las sombras a la entrada de un callejón, había una figura fornida con un sombrero de ala ancha y un impermeable. Eli Lavon era incapaz de caminar por las calles de Viena, o cualquier otra ciudad del mundo, sin cumplir el ritual de vigilar si lo seguían y de recordar los rostros que aparecían demasiadas veces en muchas situaciones dispares. Era una deformación profesional. Incluso a aquella distancia y con tan poca luz, sabía que había visto esa figura varias veces durante los últimos días.
Buscó en su memoria, casi como un bibliotecario busca en sus ficheros, hasta que lo encontró. Sí, ahí estaba. «Hace dos días, en la Judenplatz. Eras tú quien me seguía después de tomar un café con aquel reportero norteamericano.» Buscó de nuevo y encontró una segunda referencia. La ventana de un bar en la Sterngasse. El mismo hombre, sin el sombrero, que miraba tranquilamente a través del cristal con una cerveza en la mano mientras Lavon caminaba bajo el azote de un diluvio después de un día agobiante en el despacho. Tardó un poco más en localizar la tercera vez, pero ahí estaba. El tranvía número 2, en la hora punta de la tarde. Lavon estaba aplastado contra las puertas por un vienés de rostro rubicundo que olía a salchichas y aguardiente de melocotón. El tipo del sombrero se las ha apañado para encontrar un asiento y se limpia tranquilamente las uñas con una punta del billete. Lavon pensó en aquel momento que parecía un hombre que disfrutaba limpiando cosas. Quizá se ganaba la vida limpiándolas.
Lavon se volvió para apretar el botón del intercomunicador. Ninguna respuesta. «Venga, chicas.» Lo apretó de nuevo y miró de reojo hacia el hombre del sombrero y el impermeable. Había desaparecido.
Una voz sonó en el aparato. Reveka.
– ¿Ya has perdido 1a lista Eli?
Lavon apretó el botón con el pulgar.
– ¡Salid! ¡De prisa!
Unos segundos más tarde, Lavon oyó el ruido de las pisadas en el pasillo. Las muchachas aparecieron ante él, separadas por la puerta de cristal. Reveka marcó el código sin perder la calma. Sarah permaneció a su lado en silencio, con la mirada fija en Lavon y una mano apoyada en el cristal.
