
Lavon no recordó haber oído la explosión. Reveka y Sarah fueron engullidas por una bola de fuego, y después fueron arrastradas por la onda expansiva. La puerta reventó hacia afuera. Lavon se vio levantado como una pluma, con los brazos abiertos, la espalda arqueada como un gimnasta. Su vuelo fue como un sueño. Dio una voltereta tras otra. No recordaba el impacto. Sólo sabía que estaba tendido de espaldas en la nieve, bajo una lluvia de cristales rotos.
– Mis chicas -susurró mientras se hundía lentamente en la oscuridad-. Mis hermosas chicas.
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VENECIAEra una pequeña iglesia de ladrillo, construida para una humilde parroquia en el sestiere de Cannaregio. El restaurador se detuvo en la entrada lateral, debajo de un rosetón hermosamente proporcionado, y sacó un juego de llaves de un bolsillo de su impermeable. Abrió la puerta de roble tachonada y entró. Una bocanada de aire frío, húmedo y con olor a cera le acarició la mejilla. Permaneció inmóvil bajo aquella media luz durante un momento, y luego cruzó la recogida nave, con planta de cruz griega, para ir a la pequeña capilla de san Jerónimo, en el lado derecho del templo.
El andar del restaurador era suave y aparentemente sin esfuerzo. La leve curvatura de sus piernas sugería rapidez y paso seguro. El rostro era largo y afilado en la barbilla, con una nariz delgada que parecía como tallada en madera. Los pómulos eran anchos, y había un rastro de las estepas rusas en sus inquietos ojos verdes. El pelo negro, muy corto, estaba salpicado de canas en las sienes. Era un rostro que podía ser de muchas nacionalidades, y el restaurador poseía un amplio repertorio idiomático para darle buen uso. En Venecia se le conocía como Mario Delvecchio. No. era su verdadero nombre.
