El retablo estaba oculto detrás de un andamio cubierto con una lona. El restaurador escaló por los tubos de aluminio silenciosamente. La plataforma de trabajo conservaba el mismo orden en que la había dejado la tarde anterior: los pinceles y la paleta, los pigmentos y el aceite. Encendió los fluorescentes. La pintura, el último de los grandes retablos de Giovanni Bellini, resplandeció bajo la fuerte luz. En el lado izquierdo de la imagen estaba san Cristóbal con el Niño Jesús sobre sus hombros. En el derecho aparecía san Luis de Tolosa, con el báculo en una mano, la mitra de obispo en la cabeza y los hombros cubiertos con una capa de brocado rojo y oro. Encima del grupo, en un segundo plano, en paralelo, se encontraba san Jerónimo sentado ante el libro de los salmos, enmarcado por un vibrante cielo azul salpicado de nubes de un color entre ocre y gris. Cada santo estaba separado del otro, solo ante Dios. Aquel aislamiento tan absoluto era casi doloroso de observar. Se trataba de una obra asombrosa para un hombre que ya era octogenario.

El restaurador permaneció inmóvil delante del imponente panel, como una cuarta figura pintada por la mano experta de Bellini, y dejó que su mente se perdiera en el paisaje. Después de un momento, echó una pequeña cantidad de aceite Mowolith 20 en la paleta, añadió el pigmento y después diluyó la mezcla con trementina hasta que consiguió la consistencia y la intensidad deseadas.

Miró de nuevo la pintura. La calidez y la fuerza de los colores había hecho que Raimond Van Marle, el historiador del arte, llegara a la conclusión de que era evidente la mano de Tiziano. El restaurador creía que Van Marle, con el debido respeto, estaba muy equivocado. Había restaurado obras de ambos artistas y conocía sus pinceladas como las arrugas alrededor de sus ojos. El retablo en la iglesia de San Giovanni Crisóstomo era de Bellini, única y exclusivamente. Además, en el momento en que fue pintado, Tiziano intentaba desesperadamente reemplazar a Bellini como el pintor más importante de Venecia. El restaurador dudaba sinceramente que Giovanni Bellini hubiese invitado al joven e impetuoso Tiziano a que lo ayudara en un trabajo de tanta importancia. Van Marle, si hubiese estudiado el tema más a fondo, se podría haber evitado la vergüenza de emitir una opinión ridícula.



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