
La radio hizo una pausa. Frink, que se anudaba la corbata en ese instante, también hizo una pausa. Era el momento de la ablución matinal.
Tengo que pactar con ellos aquí, se dijo. Me pongan o no en la lista negra, sería la muerte para mí si yo dejara el territorio controlado por los japoneses y me fuera al Sur o a Europa… a cualquier lugar del Reich.
Tengo que reconciliarme con Wyndam-Matson.
Sentado en la cama, con tina taza de té tibio al lado, Frink sacó su ejemplar del I Ching. Tomó del cilindro de cuero las cuarenta y nueve varitas de milenrama. Esperó un momento hasta que se le tranquilizó la mente y pudo formular la pregunta.
—¿Cómo he de hablarle a Wyndam-Matson para estar en buenos términos con él?
Escribió la pregunta en la tableta y luego comenzó a manipular los tallos hasta que obtuvo el primer trazo, Un ocho. Había eliminado ya la mitad de los sesenta y cuatro hexagramas. Dividió los tallos y obtuvo el segundo trazo. Pronto, pues era un experto, completó las seis líneas. Miró el hexagrama y no necesitó recurrir al libro para identificarlo. Era el hexagrama Decimoquinto. Ch’ien. Modestia. Ah. El humilde será ensalzado, el orgulloso caerá. Las familias poderosas conocerán la humillación. No tenía que consultar el texto. Lo conocía de memoria. Un buen augurio. El oráculo lo aconsejaba favorablemente.
Y sin embargo, se sentía un poco decepcionado. Había algo de fatuo en el hexagrama. Decimoquinto. Demasiado “todo va bien”. ¿Qué otro camino le quedaba sino el de la modestia? Y sin embargo, la idea tenía algo de nuevo ahora. Al fin y al cabo no podía imponerse a Wyndam-Matson. Tenía que aceptar el hexagrama. Era el momento adecuado, cuando hay que pedir, esperar, tener fe. La providencia lo llevaría otra vez a su viejo empleo, o quizá a otro mejor.
