
No había líneas. Ningún nueve, ningún seis. Trazos 9 estáticos todos, No había un segundo hexagrama.
Una nueva pregunta entonces. Se preparó de nuevo, y dijo en voz alta: —¿La veré alguna vez a Juliana?
Juliana era su mujer. O mejor dicho su ex mujer.
Se habían divorciado hacía un año, y no la veía desde hacía meses. En realidad ni siquiera sabía dónde vivía ahora. Había dejado San Francisco, evidentemente, y quizá los Estados del Pacífico.. Los amigos comunes no sabían nada de ella, o preferían callar.
Movió rápidamente los tallos, clavando los ojos en la mesa. ¿Cuántas preguntas habla hecho ya acerca de Juliana? Aquí llegaba el hexagrama, nacido de los cambios pasivos y azarosos de los tallos. Cambios casuales, y sin embargo profundamente enraizados en el momento actual, en los lazos particulares que unían su propia vida con todas las otras vidas y partículas del universo. El hexagrama representaba con sus trazos continuos y discontinuos la, situación. Frink, Juliana, la fábrica de la calle Gough, las misiones comerciales gobernantes, la exploración de los planetas, el billón de materias químicas de África, que ahora no eran ni siquiera cadáveres, las aspiraciones de miles de hombres que arrastraban una vida miserable en las casuchas de San Francisco, los locos de Berlín de caras serenas y planes maniáticos… todo se unía en este momento mientras manipulaba los tallos de milenrama, en busca de la sabiduría exactamente apropiada recogida en un libro que había nacido en el siglo treinta antes de Cristo. Un libro creado por los sabios chinos durante un período de cinco mil años, analizado, perfeccionado. Una cosmología y ciencia codificada antes que Europa aprendiera a dividir.
