
El hexagrama. Frink sintió que se le encogía el corazón, Cuarenta y cuatro. Kou. El encuentro. Juicio sobrio. La doncella es poderosa. No hay que desposar a la doncella. Otra vez el hexagrama le hablaba de Juliana.
Oy vey, pensó Frink echándose hacía atrás. De modo que Juliana no es para mí. Ya lo sé. No pregunté eso. ¿Por qué el oráculo tiene que recordármelo? Mala suerte la mía, habérmela encontrado y haberme enamorado de ella, estar enamorado de ella.
Juliana, la más hermosa de todas las mujeres que él había tenido. Ojos y cabellos negros como el hollín. Gotas de sangre española que se manifestaban en colores puros, aun en los labios. Un paso elástico y silencioso. Usaba siempre unos viejos zapatos de suela de goma de sus años de colegiala. En realidad todas las ropas de Juliana parecían envejecidas, gastadas, lavadas una y otra vez. Habían vivido en la ruina durante tanto tiempo que a pesar de su figura Juliana había tenido que usar un suéter de algodón, una falda de paño, calcetines de hombre, y lo había odiado a Frink porque, decía ella, parecía una jugadora de tenis o (lo que era peor) una mujer que iba a recolectar hongos al bosque.
Pero, y sobre todas las cosas, Frink se había sentido atraído en un principio por la cara de loca que tenía Juliana. Sin ningún motivo, Juliana saludaba a los extraños con una sonrisa a lo Mona Lisa, portentosa y enigmática, que dejaba a todos estupefactos, titubeando entre el silencio y el hola. Y era tan atractiva que la mayoría decía hola. En un comienzo Frink había pensado que Juliana era corta de vista, pero al fin había decidido que esa sonrisa escondía en verdad una oculta y profunda estupidez. De modo que esas fronterizas sonrisas de bienvenida empezaron a molestarlo, lo mismo que ese modo vegetal de moverse de un lado a otro como diciendo sigo —un —misterioso —camino. Pero aun entonces, en los últimos tiempos, cuando se pasaban las horas peleándose, Frink nunca la pudo ver sino corno una creación divina, directa y literal, arrojada al mundo por no sabía qué razones.
