El cliente llegaría pronto al aeropuerto de San Francisco en el nuevo cohete alemán, el Messerschmitt 9 E. El señor Tagomi no había viajado nunca en esos vehículos. Cuando se encontrara con el señor Baynes tenía que mantener un aire blasé, cualquiera fuese el tamaño del cohete, Ahora a practicar. Se sentó frente al espejo de la pared, poniendo una cara de compostura, de cortés aburrimiento, escudriñándose el rostro helado en busca de alguna falla. Sí, son muy ruidosos, señor Baynes. No se puede leer. Pero el vuelo de Estocolmo a San Francisco es sólo de cuarenta y cinco minutos. ¿Una palabra entonces acerca de las fallas mecánicas de los alemanes? Supongo que lo ha oído usted en la radio. Esa catástrofe de Madagascar. Los viejos aviones de pistón tienen todavía sus ventajas.

Había que evitar los temas políticos. Pues no conocía los puntos de vista del señor Baynes acerca de los asuntos del día., Sin embargo, aparecerían en algún momento. Claro que el señor Baynes era sueco, y por lo tanto neutral. No obstante, había elegido la Lufthansa en vez de la SAS. Un sondeo precavido… Señor Baynes, dicen que Herr Bormann está muy enfermo. Que el Partido elegirá un nuevo canciller este otoño. ¿Sólo un rumor? Tantos secretos, ay, entre el Pacífico y el Reich.

En la carpeta del escritorio, un discurso reciente del señor Baynes publicado en el New York Times. El señor Tagomi lo estudió críticamente, inclinándose hacia adelante a causa de una leve falla de corrección en los lentes de contacto. El discurso se refería a la necesidad de buscar una vez más —¿una nonagésima vez? —manantiales de agua en la luna. “Hemos de resolver este tremendo dilema —había dicho el señor Baynes —Nuestro vecino más próximo y hasta ahora inútil excepto para aplicaciones militares. —Sic, pensó el señor Tagomi, usando la aristocrática palabra latina. Una clave para conocer al señor Baynes. Parecía mirar de reojo los problemas del ámbito militar. El señor Tagomi tomó nota mentalmente.



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