
—¿Desea usted un objeto étnico tradicional para regalo? —preguntó Childan—. ¿O quizá para decorar una residencia?
Childan se animó pensando que si se trataba de esto último…
—Ha acertado usted —dijo la muchacha —Estamos decorando nuestra casa, y no hemos decidido aún. ¿Cree usted que podría aconsejarnos?
—Sí, puedo visitar la casa de ustedes —dijo Childan—, y llevarles algunas cajas para que escojan a gusto, y de acuerdo con los ambientes. Por supuesto, esta es nuestra especialidad. —Bajó la vista, ocultando un esperanzado entusiasmo. Una venta quizá de miles de dólares —Podría llevarles una mesa de Nueva Inglaterra, de arce, toda encolada, sin clavos. Y un espejo del tiempo de la guerra de 1812. Y también piezas aborígenes: alfombras de pelo de cabra, teñidas con colores vegetales.
—Yo prefiero el arte ciudadano —dijo el hombre.
—Sí —dijo Childan, ansiosamente —Escuche, señor. Tengo un mural de época, original, en madera, cuatro secciones, que muestra a Horace Greeley. Verdadera pieza de colección.
—Ah —dijo el hombre con los ojos brillantes.
—Y un gramófono de 1920 transformado en mueble para bebidas.
—Ah.
—Y escuche, señor: un retrato autografiado y enmarcado de Jean Harlow.
El hombre miró a Childan con ojos desorbitados.
—¿Los visito entonces? —dijo Childan aprovechando este correcto instante psicológico. Sacó una lapicera y, una libreta de —notas del bolsillo interior de la chaqueta—. Tomaré el nombre y la dirección, señor, señora.
