La pareja salió de la tienda y Childan se quedó un rato inmóvil, con las manos a la espalda, mirando la calle. Si tropezara con negocios así todos los días, pensó. Pero había algo que le importaba más que los negocios, el éxito de la tienda, la posibilidad de tratar socialmente a una pareja de jóvenes japoneses, capaces de aceptarlo como hombre más que como yank, o por lo menos como comerciante en objetos de arte. Sí, esta gente de la nueva generación que no recordaba los días anteriores a la guerra y ni siquiera la guerra misma era la esperanza del mundo. Las diferencias de posición no tenían significado para ellos.

Un día se acabaría, pensó Childan. La idea misma de posición desaparecería para siempre. No habría gobernados y gobernantes. Sólo gente.

Y sin embargo, temblaba de miedo imaginándose en el momento en que llamaría a la puerta de la pareja. Miró la libreta de notas. Los Kasura. U ofrecerían té, sin duda. ¿Sabría comportarse? ¿Sabría cómo actuar, qué decir en cada momento? ¿O se deshonraría, como un animal, dando un paso en falso?

La muchacha se llamaba Betty. Había tanta comprensión en aquella cara, en aquellos ojos dulces. Apenas había estado un rato en la tienda, pero había alcanzado a ver todas las esperanzas y fracasos del yank.

Las esperanzas… Childan sintió de pronto que la cabeza le daba vueltas. Eran esperanzas que bordeaban la locura, si no el suicidio. Pero sin embargo había relaciones entre japoneses y yanks, se sabía, aunque casi siempre entre un japonés y una yank. En este caso… La idea lo estremeció. Y la muchacha era casada. Apartó bruscamente aquellos pensamientos involuntarios y se puso a abrir las cartas de la mañana.

Le temblaban todavía las manos, descubrió. Y recordó entonces la cita de las dos de la tarde con el señor Tagomi. He de encontrar algo aceptable, se dijo, decidido. ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Qué? Un llamado telefónico, consultas y olfato para los negocios, y quizá pudiese descubrir un Ford 1929 restaurado, completo, hasta con capota (negra). Se ganaría el apoyo incondicional del señor Tagomi, para siempre. Quizá pudiese desenterrar también un avión correo trimotor descubierto en un granero de Alabama, o una cabeza momificada de Bufallo Bill con melena blanca, flotante. Algo que difundiera el nombre de Childan como conocedor máximo en todo el Pacífico, incluyendo el Japón.



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