Para inspirarse encendió un cigarrillo de marihuana de la excelente marca El País de las Sonrisas.

En su cuarto de la calle Hayes, Frank Frink estaba acostado preguntándose cuándo y cómo se levantaría. El sol que entraba por las persianas iluminaba el montón de ropas caído en el piso. Y también los anteojos de Frink. ¿Les pondría los pies encima? Podía tratar de llegar al baño por otro camino, pensó. Arrastrándose o rodando. Le dolía la cabeza pero no se sentía triste. Nunca mires atrás, decidió. ¿La hora? El reloj estaba sobre la cómoda. ¡Las once y media! Qué desastre. Pero siguió acostado.

Me han despedido, pensó.

El día anterior había cometido un error en la fábrica. Le había dicho lo que no debía decirle al señor Wyndam-Matson, que tenía una cara inexpresiva, una nariz socrática, un anillo de diamante. En otras palabras, toda una potencia. Un monarca. Los pensamientos de Frink fueron de un lado a otro, confusamente.

Sí, pensó, y ahora me pondrá en la lista negra. Mi capacidad no tiene valor. Quince años de experiencia que no sirven de nada, y tendría que presentarse ante la Comisión de justificación de Trabajadores, para que le revisaran la categoría. Nunca había llegado a conocer con claridad los lazos que unían a Wyndam-Matson con los pinocs —el gobierno títere blanco de Sacramento—, y nunca había sabido hasta qué punto su ex empleador podía llegar hasta las verdaderas autoridades, los japoneses. La Comisión era manejada por los pinocs. Tendría que enfrentar cuatro o cinco caras blancas y rechonchas, de mediana edad, a las órdenes de Wyndam-Matson. Si no alcanzaba a justificarse ante la Comisión, tendría que recurrir a las Misiones Comerciales Importadoras y Exportadoras que eran manejadas desde Tokio, y con oficinas en California, Oregon, Washington, y las zonas de Nevada incluidas en los Estados del Pacífico. Pero si las misiones no atendían su solicitud…



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