
No traía firma. Eso significaba que ella conocía al remitente. El anonimato era una firma tan clara como cualquier nombre escrito.
Junto a la cama había un teléfono rosa. Lo cogió y marcó el número del móvil de Ashley.
Ella respondió al segundo tono.
– ¡Hola, papá! ¿Qué tal? -Su voz irradiaba juventud, entusiasmo y confianza.
Él suspiró lentamente, aliviado.
– ¿Cómo estás? -repuso-. Sólo quería oír tu voz.
Una vacilación momentánea.
A Scott no le gustó.
– Sin novedad. La facultad está bien y el trabajo, bueno, es trabajo. Pero eso ya lo sabes. La verdad es que nada ha cambiado desde que estuve en casa la última vez.
Él tomó aire.
– Apenas te vi. Y no tuvimos muchas ocasiones de hablar. Sólo quería asegurarme de que todo va bien. ¿Ningún problema con tus profesores? ¿Has oído algo del curso en que te has matriculado?
Otra pausa.
– No. Aún no.
Él se aclaró la garganta.
– ¿Y los chicos? Los hombres, quiero decir. ¿Algo que yo debiera saber?
Ella no contestó.
– ¿Ashley?
– No -dijo rápidamente-. Nada, de verdad. Nada especial. Nada que no pueda manejar.
Scott esperó, pero ella no dijo más.
– ¿Hay algo que quieras contarme?
– No, de verdad que no. Papá, ¿a qué viene este tercer grado? -preguntó con tono de broma forzado.
– Sólo intento no perderte de vista. Tu vida pasa de largo, y a veces necesito seguirte los pasos.
Ella rió, también de manera algo forzada.
– Bueno, ese viejo coche tuyo es bastante rápido.
– ¿Algo de lo que tengamos que hablar? -insistió él, aunque sabía que ella advertiría la insistencia.
– Ya te he dicho que no. ¿Por qué lo preguntas? ¿Todo bien por tu parte?
