
– Sí, sí, estoy bien.
– ¿Y mamá? ¿Y Hope? Están bien, ¿no?
Scott contuvo la respiración. La familiaridad con que ella mencionaba el nombre de la compañera de su madre siempre lo aturullaba, aunque no debería sorprenderse después de tantos años.
– Las dos están bien, supongo.
– Entonces, ¿te preocupa otra cosa?
Él miró la carta.
– No, en absoluto. Nada concreto. Sólo que los padres siempre nos preocupamos por nada. Solemos imaginar lo peor. Cosas ominosas, desesperación y dificultades acechando en cada esquina. Es lo que nos convierte en las personas terriblemente aburridas y pesadas que somos.
La oyó reír, cosa que lo alivió un poco.
– Mira, tengo que ir al museo y voy a llegar tarde. Ya hablaremos, ¿vale?
– Claro. Te quiero.
– Yo también, papá. Adiós.
Scott colgó y pensó que a veces lo que no oyes es tan importante como lo que oyes. Y en esta ocasión no había oído un montón de problemas.
Hope Frazier observó a la centrocampista del equipo contrario. La joven tenía tendencia a avanzar demasiado, dejando sola a la defensora que tenía detrás. La jugadora de Hope, marcándola de cerca, no acababa de ver que en ese momento podía lanzar un contraataque. Hope se paseó por la banda, pensó en hacer un cambio, pero luego se arrepintió. Sacó una libretita del bolsillo trasero e hizo una rápida anotación. «Lo mencionaré en el entrenamiento», pensó. Tras ella, oyó un murmullo entre las chicas del banquillo; estaban acostumbradas a verla emplear la libreta. A veces esto suponía alabanzas, pero otras se convertía en dar varias vueltas alrededor del campo después del entrenamiento del día siguiente. Hope se volvió hacia las muchachas.
– ¿Alguien ve lo que yo veo?
Hubo un momento de vacilación. «Estudiantes -pensó-. En un instante, son todo bravatas. Al siguiente, todo timidez.» Una chica alzó la mano.
– Muy bien, Molly. ¿Qué?
Molly se levantó y señaló a la centrocampista rival.
