– Bien -dije. Estaba sin aliento-. Ahora ya podemos irnos.

El chico se volvió y se encaró conmigo.

– ¿Estás loco? -espetó.

– ¿Sabes qué les ocurre a los que matan polis? -dije.

Él no sabía responder a eso. Guardamos silencio durante medio minuto, casi un kilómetro, parpadeando, resollando y mirando al frente como si estuviéramos hipnotizados. El interior de la camioneta apestaba a pólvora.

– Ha sido un accidente -insistí-. No puedo devolverle la vida. Así que olvidémoslo.

– ¿Quién eres? -preguntó.

– No, ¿quién eres tú? -pregunté a mi vez.

Se quedó callado. Respiraba ruidosamente. Miré por el retrovisor. Detrás, la calzada se veía totalmente vacía. Y también por delante. Ya estábamos en campo raso. Quizás a diez minutos de un cruce en trébol de la autopista.

– Soy un objetivo -respondió-. Para ser abducido.

Era una palabra extraña.

– Intentaban secuestrarme -musitó.

– ¿Tú crees?

Asintió.

– Ya ha pasado otras veces -dijo.

– ¿Por qué?

– Dinero -contestó-. ¿Por qué iba a ser?

– ¿Eres rico?

– Mi padre lo es.

– ¿Quién es tu padre?

– Sólo alguien.

– Pero alguien con mucha pasta -solté.

– Se dedica a importar alfombras.

– ¿Alfombras? -repetí-. ¿Felpudos y eso?

– Alfombras orientales.

– ¿Puedes hacerte rico importando alfombras orientales?

– Mucho.

– ¿Tienes nombre?

– Richard -respondió-. Richard Beck.

Volví a mirar por el retrovisor. La carretera seguía vacía. Reduje un poco la velocidad, estabilicé la camioneta en el centro de mi carril y traté de conducir como una persona normal.

– Así pues, ¿quiénes eran esos tipos? -inquirí.



10 из 396