Richard Beck meneó la cabeza.

– Ni idea.

– Sabían adónde ibas. Y cuándo.

– Iba a casa para el cumpleaños de mi madre. Es mañana.

– ¿Quién podía saberlo?

– No estoy seguro. Cualquiera que conozca a mi familia. Cualquiera que forme parte de la colectividad de las alfombras, supongo. Somos muy conocidos.

– ¿La colectividad de las alfombras?

– Todos competimos -explicó-. Las mismas fuentes, el mismo mercado. Nos conocemos.

Me limité a seguir conduciendo, a casi cien por hora.

– ¿Y tú, tienes nombre? -preguntó.

– No.

Asintió como si entendiera. Chico listo.

– ¿Qué vas a hacer? -dijo.

– Voy a dejarte cerca de la autopista. Puedes hacer autoestop o llamar un taxi, y luego te olvidas de mí.

Se quedó callado.

– No puedo llevarte a la policía -expliqué-. No puede ser y ya está. Lo entiendes, ¿verdad? He matado a uno de ellos. Tal vez a tres. Tú has visto cómo lo hacía.

Se hizo el silencio. Había llegado el momento de decidir. La autopista estaba a seis minutos.

– No atenderán a explicaciones -añadí-. Metí la pata, fue un accidente, pero no me escucharán. Nunca lo hacen. Así que no me pidas que vaya a ninguna parte a hablar con nadie. Ni como testigo ni como nada. No estoy aquí, es como si no existiera. ¿Ha quedado claro?

No respondió.

– Y no les des ninguna descripción -añadí-. Diles que no te acuerdas. Que estabas conmocionado. Si no, te buscaré y te mataré.

Silencio.

– Te dejaré en algún sitio. Y tú, como si nunca me hubieras visto.

Se volvió y me miró fijamente.

– Llévame a casa -dijo-. Sin detenerte. Te pagaremos. Te ayudaremos. Si quieres, te ocultaremos. Mi familia te estará agradecida. Quiero decir que yo te estoy agradecido. Créeme. Me has salvado. Lo del poli ha sido un accidente, ¿vale? Sólo un accidente. Has tenido mala suerte. Era una situación muy tensa. Lo entiendo. Lo mantendremos en secreto.



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