– Mierda -solté.

El chaval no abrió la boca. Los tiros llovían con un ruido fuerte y sordo, percutiendo sin cesar. ¿Cómo era posible que fallaran?

– Échate al suelo -dije.

Me deslicé de lado hasta que mi hombro izquierdo quedó encajado entre el marco de la puerta y el asiento y estiré el brazo derecho hasta que la nueva arma estuvo fuera de la ventanilla apuntando hacia atrás. Abrí fuego. El chico me miró horrorizado y a continuación se acurrucó entre el asiento y el salpicadero, cubriéndose la cabeza con los brazos. Un instante después estallaba la luna trasera, a tres metros de su cabeza.

– Mierda -solté otra vez. Maniobré hacia un lado para disponer de mejor ángulo de tiro. Volvieron a dispararnos.

»Necesito que vigiles -dije.

El muchacho no se movió.

– Levántate con precaución -añadí-. Ahora. Tienes que mirar.

Se incorporó lo imprescindible para mirar hacia atrás. Advertí su cara de sorpresa cuando descubrió que la luna trasera estaba hecha añicos y comprendió que su cabeza había estado en la línea de fuego.

– Voy a reducir un poco la velocidad -señalé-. Para que me adelanten.

– No lo hagas -suplicó-. Aún puedes arreglar esto.

No le hice caso. Aminoré hasta unos ochenta y me eché a la derecha. El coche de la universidad instintivamente se fue a la izquierda y llegó a mi altura. Disparé mis tres últimas balas. Su parabrisas se hizo añicos y el coche salió dando tumbos como si el conductor estuviera herido o un neumático hubiera reventado. Se desvió hacia el arcén contrario, aplastó una hilera de arbustos y desapareció de mi campo visual. Dejé el arma vacía en el asiento contiguo, subí la ventanilla y pisé el acelerador. El chico permanecía callado. Se limitaba a mirar fijamente hacia la parte trasera de la camioneta. El aire que entraba por la luna rota producía un ruido extraño, semejante a un gemido.



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