– No necesito tu ayuda. Sólo necesito librarme de ti.

– Pero yo he de ir a casa -insistió-. Nos ayudaríamos mutuamente.

Faltaban cuatro minutos para la autopista.

– ¿Dónde está tu casa? -pregunté.

– En Abbot.

– ¿Abbot qué?

– Abbot, Maine -precisó-. En la costa. Entre el puerto de Kennebunk y Portland.

– Vamos en la dirección equivocada.

– En la autopista puedes girar hacia el norte.

– Habrá trescientos y pico de kilómetros, como mínimo.

– Te pagaremos bien. Haremos que te salga a cuenta.

– Podría dejarte cerca de Boston -sugerí-. Habrá algún autobús que vaya a Portland.

Meneó violentamente la cabeza como si fuese presa de un ataque.

– Ni hablar. No puedo coger el autobús. No puedo quedarme solo. Ahora no. Necesito protección. Esos tipos tal vez aún anden por ahí.

– Esos tipos están muertos -puntualicé-. Igual que el maldito poli.

– Quizá tengan socios.

Otra palabra extraña. El chico parecía pequeño, delgado y asustado. Se le notaba el pulso en el cuello. Se apartó el pelo con ambas manos y se volvió hacia el parabrisas para que yo pudiera ver su oreja izquierda. No era más que un bulto duro de tejido cicatrizal. Parecía un trozo de pasta sin cocer. Un tortellini.

– Me la cortaron y la mandaron por correo -explicó-. Eso ocurrió la primera vez.

– ¿Cuándo?

– Tenía quince años.

– ¿Tu padre no pagó?

– Tardó demasiado.

Guardé silencio. Con Richard Beck allí sentado, enseñándome su cicatriz, conmocionado, asustado y respirando como una máquina.

– ¿Te encuentras bien? -pregunté.

– Llévame a casa -suplicó-. Ahora no puedo quedarme solo.

Faltaban dos minutos para la autopista.

– Por favor -insistió-. Ayúdame.

– Mierda -solté por tercera vez.

– Por favor. Podemos ayudarnos mutuamente. Has de esconderte.



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