
– Vigila -le dije.
Se alejó y echó un vistazo al aparcamiento mientras yo metía el alambre dentro del coche y lo iba moviendo enganchado al tirador de la puerta hasta que ésta se abrió. Me metí bajo la dirección y arranqué la protección de plástico. Revolví entre los cables hasta encontrar los dos que necesitaba y los puse en contacto. El arranque zumbó y el motor empezó a funcionar sin más. El muchacho miraba convenientemente impresionado.
– Juventud desperdiciada -dije.
– ¿Está en buen estado? -preguntó.
Asentí.
– En mejor estado no puede estar. No lo echarán de menos hasta las seis, quizá las ocho, cuando cierren. Estarás en casa mucho antes.
Se detuvo con la mano apoyada en la puerta del acompañante y pareció sufrir una especie de estremecimiento. Luego agachó la cabeza y entró. Tiré el asiento del conductor hacia atrás, ajusté el retrovisor y salí marcha atrás. Por el aparcamiento me lo tomé con calma. A unos cien metros había un coche patrulla moviéndose despacio. Volví a estacionar en el primer sitio que encontré y allí me quedé con el motor encendido hasta que los polis se alejaron. Acto seguido me apresuré hacia la salida y el cruce en trébol y dos minutos más tarde nos dirigíamos al norte por una ancha y lisa autopista a unos respetables noventa por hora. El coche olía a perfume fuerte y había dos cajitas de kleenex. En la ventana de atrás había pegado una especie de oso peludo con ventosas de plástico por patas. En el asiento trasero reposaba un guante de la Little League, y alcancé a oír un bate de aluminio golpeteando en el maletero.
– El taxi de mamá -dije.
