
El chico no contestó.
– No te apures -añadí-. Seguro que lo tiene asegurado. Probablemente es una ciudadana seria.
– ¿No te sientes mal? -preguntó-. Por el poli.
Le eché una mirada. Estaba pálido, otra vez desolado y lo más lejos posible de mí. Apoyaba la mano derecha en la puerta. Los largos dedos le daban aspecto de pianista. Creo que quería tenerme simpatía, pero yo no necesitaba eso.
– A veces uno la caga -dije-. No hace falta darle más vueltas.
– ¿Qué mierda de respuesta es ésa?
– La única que hay. Fue un daño colateral secundario. No significa nada a menos que vuelva y nos muerda. No podemos cambiar las cosas, así que sigamos adelante.
No dijo nada.
– En todo caso, es culpa de tu padre -agregué.
– ¿Por ser rico y tener un hijo?
– Por contratar guardaespaldas ineptos.
Apartó la vista, con la boca cerrada.
– Porque eran guardaespaldas, ¿no?
Asintió en silencio.
– ¿Te sientes mal por ellos? -pregunté.
– Un poco -contestó-. Supongo. No los conocía bien.
– Eran unos inútiles.
– Todo ha pasado muy deprisa.
– Los malos estaban esperando allí mismo -señalé-. Una furgoneta de reparto vieja y destartalada como ésa dando vueltas por una pequeña y remilgada ciudad universitaria. ¿Qué clase de guardaespaldas no reparan en algo así? ¿Nunca habían oído hablar del cálculo de amenazas?
– ¿Me estás diciendo que te diste cuenta?
Asentí.
– Sí, me di cuenta.
– No está mal para ser conductor de camionetas.
– Estuve en el ejército. Era policía militar. Entiendo de guardaespaldas. Y de daños colaterales.
El chaval cabeceó indeciso.
– ¿Aún no tienes nombre? -preguntó.
– Depende. He de conocer tu opinión. Podría meterme en muchos líos. Hay al menos un poli muerto y acabo de robar un coche.
Se quedó callado. Yo hice lo propio, durante kilómetros y kilómetros. Le di tiempo para pensar. Casi ya habíamos salido de Massachusetts.
