– Mi familia valora la lealtad -dijo-. Has prestado un servicio a su hijo. Y también a ellos. Al menos se han ahorrado un dinero. Te demostrarán su gratitud. Estoy convencido de que jamás te denunciarían.

– ¿Tienes que llamarlos?

Negó con la cabeza.

– Me están esperando. Si voy a aparecer, no hace falta que llame.

– Los llamarán los polis. Pensarán que estás en un apuro.

– No tienen el número. Nadie lo tiene.

– La universidad tendrá tu dirección. Averiguarán el número.

Volvió a menear la cabeza.

– La universidad no tiene la dirección. Nadie la tiene. Somos muy cuidadosos con esas cosas.

Me encogí de hombros y conduje en silencio otro par de kilómetros.

– ¿Y tú, qué? -dije-. ¿Te vas a chivar?

Vi que se tocaba la oreja derecha. Lo que le quedaba de ella. Sin duda era un gesto inconsciente.

– Me has salvado el pellejo -respondió-. No voy a denunciarte.

– De acuerdo. Me llamo Reacher.


Tardamos unos minutos en atajar por una esquina de Vermont, luego de lo cual nos dirigimos al norte y al este a través de New Hampshire. Bien instalados para el largo paseo. El nivel de adrenalina fue bajando, el muchacho superó su conmoción y los dos acabamos un poco desinflados y soñolientos. Bajé la ventanilla para que entrara algo de aire. El ruido del motor me mantenía despierto. Hablamos un poco. Me contó que tenía veinte años. Cursaba su penúltimo año de carrera. Se estaba especializando en algo de expresión artística contemporánea que a mí me sonó a pintar con los dedos. No se relacionaba muy bien con los demás. Era hijo único. En su familia había mucha ambivalencia. Desde luego formaban una suerte de clan muy unido, y una parte del chico quería salir del mismo y otra necesitaba permanecer dentro. Naturalmente, estaba traumatizado por el anterior secuestro. Por eso me pregunté si le habían hecho algo más aparte de cortarle la oreja. Acaso algo mucho peor.



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