
Le hablé del ejército. Exageré bastante mis aptitudes como guardaespaldas. Quería que se sintiera en buenas manos, al menos de momento. Conducía rápido y tranquilo. Hacía poco que habían llenado el depósito del Maxima. No necesitábamos pararnos a repostar. Él no quiso comer. Me detuve una vez para ir al servicio. Dejé el motor en marcha para no tener que perder el tiempo con los cables del encendido. Volví al coche y vi al chaval inmóvil en el interior. Regresamos a la carretera, dejamos atrás Concord, New Hampshire, y pusimos rumbo a Portland, Maine. Iba pasando el tiempo. El chico se mostraba más relajado a medida que nos acercábamos a su casa. Pero también más silencioso. La ambivalencia.
Cruzamos la frontera del estado y a unos treinta kilómetros de Portland el chico miró atentamente y me indicó que tomara la primera salida. Nos metimos por una carretera estrecha que iba recta hacia el este, al Atlántico. Pasaba por debajo de la I-95 y después recorría más de veinte kilómetros de promontorios graníticos hasta llegar al mar. En verano debía de ser un paisaje espléndido. Pero el tiempo aún era frío y húmedo. Se apreciaban árboles atrofiados por vientos salitrosos y afloramientos de roca desnuda donde los vendavales y las fuertes mareas se habían llevado toda la tierra. La carretera torcía y giraba como si tratara de abrirse paso hacia el este para llegar lo más lejos posible. Eché un vistazo al mar que había delante, gris como el hierro. Pasé frente a ensenadas a derecha e izquierda. Vi pequeñas playas de arena gruesa. De pronto el camino doblaba a la izquierda e inmediatamente a la derecha y ascendía hasta un montículo que tenía la forma de la palma de una mano. Esta se estrechaba de golpe hasta convertirse en un dedo que se metía directamente en el agua. Era una península rocosa de unos cien metros de ancho y ochocientos de largo. Noté que el viento zarandeaba el vehículo. Seguí hacia la península y observé una hilera de canijos árboles de hoja perenne que intentaban ocultar un alto muro de granito, aunque sin éxito, porque no eran lo bastante anchos ni altos.
