
– Ya estamos -dijo Richard Beck-. Aquí es donde vivo.
El camino llegaba hasta la verja y, detrás de ésta, se convertía en un largo y recto sendero de entrada que conducía hasta una casa de piedra gris, ya casi dentro del mar. Al otro lado de la verja había una caseta. Del mismo diseño y la misma clase de piedra que la casa, pero mucho más pequeña. Compartía los cimientos con el muro. Fui aminorando hasta detenerme frente a la verja.
– Haz sonar el claxon -indicó Richard Beck.
En la tapa del airbag del Maxima había la silueta de una pequeña corneta. La apreté con un dedo y el claxon dio un cortés pitido. Advertí que una cámara de vigilancia en el poste se inclinaba para tener una vista panorámica. Era como un pequeño ojo de vidrio mirándome. Tras una larga pausa se abrió la puerta de la caseta y salió un tipo vestido con un traje oscuro. Sin duda el traje procedía de una tienda de tallas grandes, y aquél seguramente era el más grande que había a la venta, pero aun así le quedaba ceñido en los hombros y le venía corto de brazos. El hombre era bastante más voluminoso que yo, por lo que se encuadraba inequívocamente en la categoría de los ejemplares anormales. Un gigante. Se acercó a la verja y nos miró. Me observó largo rato; con el chico acabó bastante antes. A continuación desbloqueó la verja, tiró de ella y la abrió.
