
– Conduce hasta la casa -dijo Richard-. No te detengas aquí. Este tío no me gusta mucho.
Crucé la verja. No me detuve. Pero fui despacio, mirando alrededor. Lo primero que hago cuando entro en un sitio es averiguar dónde está la salida. El muro se extendía a uno y otro lado hasta el encrespado mar. Era demasiado alto para saltarlo y, debido al alambre de espino, imposible trepar. Tras él había una zona despejada de unos treinta metros de ancho. Como una tierra de nadie. O un campo minado. Las luces de seguridad estaban instaladas de manera que la abarcaban toda. No había otra salida que a través de la verja. El gigante la estaba cerrando. Lo vi por el retrovisor.
Había un buen trecho hasta la casa. Mar gris al frente y los lados. La casa era una mole grande y vieja. Tal vez el hogar de algún capitán de barco de otra época, cuando la caza de ballenas permitió a muchos hacerse ricos. Era toda de piedra, con complicados astrágalos, cornisas y pliegues. Todas las superficies orientadas al norte estaban cubiertas de líquenes grises. Lo demás, salpicado de verde. Tenía tres plantas y una docena de chimeneas. El perfil del tejado resultaba algo confuso. Estaba lleno de aguilones con canalones cortos y gruesas cañerías de hierro para recoger el agua de lluvia. La puerta de entrada era de roble, adornada con tiras y tachones de hierro. El camino rodeaba una pequeña rotonda para dar la vuelta. Lo seguí según el movimiento contrario de las agujas del reloj y me detuve delante de la puerta. Ésta se abrió y salió otro tipo de traje oscuro. Era más o menos de mi talla, es decir, más pequeño que el de la caseta del guarda. Pero no por eso me cayó mejor que el otro. Tenía rostro pétreo y ojos inexpresivos. Abrió la puerta del acompañante del Maxima como si no le sorprendiera, puesto que, por lo que imaginé, su colega de la verja lo habría puesto sobre aviso.
– Espérame aquí -dijo Richard.
Bajó del coche y se alejó hasta desaparecer en el interior de la casa; el tío del traje cerró por fuera la puerta de roble y se plantó delante. No me miraba, pero yo sabía que me hallaba en algún punto de su campo visual. Desconecté los cables bajo la dirección y el motor se apagó. Esperé.
