
Fue una espera bastante larga, de unos cuarenta minutos. Con el motor parado, en el coche hacía frío. Se balanceaba suavemente en la brisa marina que se arremolinaba en torno a la casa. Miré al frente. Estaba en carado al noreste, y el aire era racheado y claro. A la izquierda veía el litoral doblarse hacia dentro. A unos treinta kilómetros alcanzaba a ver en el cielo una tenue mancha marrón. Seguramente contaminación procedente de Portland. La ciudad estaba oculta detrás de un promontorio.
De repente volvió a abrirse la puerta de roble, el centinela se hizo a un lado y salió una mujer. La madre de Richard Beck. No había duda. Ninguna. La misma figura menuda y la misma palidez. Idénticos dedos largos. Llevaba tejanos y un grueso jersey de pescador. El viento le revolvía el cabello. Debía de tener unos cincuenta años. Parecía cansada y tensa. Se detuvo a unos dos metros del coche, como ofreciéndome la oportunidad de reparar en que sería más correcto bajar y que nos encontráramos a mitad de camino. Así que me apeé. Me notaba rígido y acalambrado. Me acerqué y ella me tendió la mano. Se la estreché. Estaba fría como el hielo y era toda huesos y tendones.
– Mi hijo me ha contado lo sucedido -dijo en voz baja y algo ronca debido, quizás, a que fumaba mucho o a que había estado llorando-. No encuentro palabras para agradecerle su ayuda.
– ¿El chico se encuentra bien? -pregunté.
Torció el gesto, como si no estuviera segura.
– Se ha ido a echar un rato.
Asentí. Le solté la mano, que retiró al costado. Se produjo un silencio breve y embarazoso.
– Me llamo Elizabeth Beck -dijo al cabo.
– Jack Reacher.
– Mi hijo me ha explicado que se halla usted en un apuro.
