Era una palabra agradablemente neutra. No respondí.

– Mi esposo estará en casa esta noche -señaló-. Él sabrá qué hacer.

Asentí. Otra pausa incómoda. Aguardé.

– ¿Quiere pasar? -sugirió.

Se volvió y entró en el vestíbulo. La seguí. Crucé la puerta y sonó un pitido. Miré y vi que había un detector de metales pegado al interior de la jamba.

– ¿Tiene inconveniente? -Elizabeth Beck me dirigió un tímido gesto de disculpa y luego se volvió hacia el inquietante tipo del traje, que se acercó y se dispuso a cachearme.

– Dos revólveres -expliqué-. Descargados. En los bolsillos del abrigo.

Los sacó con los movimientos rápidos y expertos de quien ya ha registrado a mucha gente. Los dejó sobre una mesita pegada a la pared, se agachó, me palpó las piernas y acto seguido se levantó y se ocupó de los brazos, la cintura, el pecho, la espalda. Fue muy concienzudo y no tuvo demasiados miramientos.

– Lo siento -dijo Elizabeth Beck.

El tipo del traje retrocedió y otra vez se produjo un silencio molesto.

– ¿Necesita algo? -me preguntó ella.

Se me ocurrían un montón de cosas, pero sólo meneé la cabeza.

– Estoy un poco cansado -dije-. Ha sido un día muy largo. Me iría bien una siesta.

Esbozó una sonrisa, como si tener a su asesino de polis durmiendo en alguna habitación la librara de alguna presión social.

– Por supuesto -dijo-. Duke le acompañará a una habitación.

Me miró unos instantes más. Bajo la tensión y la palidez había una mujer guapa. Tenía huesos delicados y piel tersa. Seguro que treinta años atrás debía de quitarse los tíos a palos. Dio media vuelta y desapareció en las honduras de la casa. Me volví hacia el tipo del traje. Supuse que era Duke.

– ¿Cuándo recuperaré las armas? -pregunté.

Se limitó a señalar la escalera. Eché a andar y me siguió. Después señaló la escalera siguiente y llegamos a la segunda planta. Me condujo hasta una puerta, que empujó y abrió. Entré en una sencilla habitación cuadrada revestida con paneles de roble. Había muebles viejos y macizos. Una cama, un armario, una mesa, una silla. En el suelo, una alfombra oriental. Parecía raída. Tal vez se tratara de un objeto de valor incalculable. Duke me apartó para pasar y enseñarme el cuarto de baño. Se comportaba como un botones de hotel. Volvió a apartarme y se dirigió a la puerta.



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