Los guardaespaldas echaron una fugaz mirada alrededor y acto seguido subieron a la parte delantera y el coche arrancó. Unos treinta metros por detrás, un vehículo de la seguridad de la universidad avanzó lentamente en la misma dirección, no como si pretendiera hacer de escolta sino como si estuviera allí casualmente. Dentro iban dos guardias contratados, hundidos en sus asientos, y parecían aburridos, sin propósito fijo.

Me quité los guantes y los tiré al asiento trasero de la camioneta. Me situé en medio de la calle para ver mejor. El Lincoln iba por el camino a una velocidad moderada. Era negro, reluciente, impecable. Mucho cromo. Mucha cera. Los guardias de la universidad iban bastante por detrás. Se pararon ante la aparatosa verja y giraron a la izquierda, hacia el Caprice negro. Y hacia mí.

Lo que sucedió después duró ocho segundos, pero pareció un suspiro.

La furgoneta de reparto de color rojo marchito abandonó el bordillo. Aceleró de golpe. Alcanzó al Lincoln y empezó a adelantarlo a la altura del Caprice. Casi rozó al poli. Aceleró un poco más, el conductor dio un volantazo y el borde del enorme parachoques golpeó de lleno contra el guardabarros delantero del Lincoln. El conductor de la furgoneta mantuvo el volante girado y obligó al otro a subirse a la acera. El coche arrancó hierba, redujo bruscamente la velocidad y finalmente colisionó de frente contra un árbol. Se oyó un estampido de metal retorcido y faros hechos añicos, y se formó una gran nube de humo. Las pequeñas hojas del árbol se agitaron y estremecieron en el apacible aire de la mañana.

A continuación, los dos sujetos de la furgoneta se apearon y abrieron fuego. Tenían pistolas ametralladoras negras y disparaban al Lincoln. El estruendo era ensordecedor, y vi arcos de esquirlas de metal lloviendo sobre el asfalto. Entonces los tipos abrieron de golpe las puertas del Lincoln. Uno se inclinó hacia el asiento de atrás y empezó a sacar al chico a rastras.



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