
Las puertas se cerraron de golpe, y el chaval quedó atrapado en el asiento del medio. Vi terror en su rostro. Estaba pálido por la conmoción, y a través del sucio parabrisas advertí que abría la boca en un grito mudo. Oí el motor rugir y los neumáticos chirriar, y de repente la furgoneta se dirigió directamente hacia mí.
Era una Toyota. Distinguí la palabra toyota en la rejilla tras el parachoques. Llevaba la suspensión levantada y alcancé a ver un enorme diferencial en la parte delantera. Era del tamaño de un balón de fútbol. Tracción en las cuatro ruedas. Neumáticos anchos. Abolladuras y zonas despintadas; no la habían lavado desde que salió de fábrica. Se acercaba a toda velocidad.
Tenía menos de un segundo para decidir qué hacer.
Aparté de un manotazo el faldón del abrigo y saqué el Colt. Apunté con cuidado y disparé. El arma destelló, retumbó y me dio un culatazo en la mano. La enorme bala del 44 destrozó el radiador de la Toyota. Luego tiré a un neumático delantero, que estalló en una espectacular explosión de trozos de caucho negro. Bailaban en el aire tiras de goma reventada. La furgoneta torció y se paró quedando el lado del conductor frente a mí. A diez metros. Me agaché tras mi camioneta, cerré las puertas traseras, salí a la acera y volví a disparar al neumático izquierdo.
