
Lo mismo que antes. Goma por todas partes. La furgoneta cayó sobre la llanta, quedando desnivelada. El conductor abrió la puerta, saltó al asfalto y se incorporó sobre una rodilla. Tenía su arma en la mano mala. Se la cambió a la otra mano y esperé hasta estar seguro de que iba a apuntarme. Acto seguido, con la mano izquierda sostuve el antebrazo derecho que soportaba el kilo y medio de Colt y apunté cuidadosamente al centro de gravedad, como me habían enseñado hacía tiempo, y apreté el gatillo. El pecho del tipo pareció estallar en una colosal nube de sangre. Dentro de la cabina, el muchacho estaba paralizado, mirando con horror lo que ocurría. El otro tío ya había salido de la cabina y gateaba rodeando el capó, hacia mí. Su arma se acercaba. Giré a la izquierda, aguanté la respiración y sostuve el brazo como antes. Apunté al pecho y disparé, con el mismo resultado. El tipo cayó de espaldas tras el guardabarros en medio de una nube de vapor rojo.
El chico se movió en la cabina. Corrí hacia él y lo saqué por encima del cuerpo del primer tipo. Lo llevé a toda prisa a mi camioneta. Estaba desfallecido a consecuencia del sobresalto y la confusión. Lo metí en el asiento del acompañante, cerré la puerta y me dirigí al lado del conductor. Con el rabillo del ojo vi que un tercer individuo se acercaba a mí. Se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta. Era un tipo alto y grueso. Vestía ropa oscura. Apunté, disparé y vi la gran explosión roja en su pecho exactamente en la misma décima de segundo en que me di cuenta de que era el viejo poli del Caprice que estaba sacando sus credenciales del bolsillo. Era una placa dorada en un gastado soporte de piel, que voló de su mano y fue dando vueltas hasta estrellarse en el bordillo, delante de mi camioneta.
El tiempo se detuvo.
Miré fijamente al poli. Había quedado tendido de espaldas junto al bordillo.