
Su pecho era un amasijo de color rojo. Todo él. No había bombeo ni hemorragia. Ni rastro de latidos. Se apreciaba un orificio grande y desigual en su camisa. Permanecía completamente inmóvil. Tenía la cabeza vuelta a un lado, con la mejilla apoyada en el duro asfalto. Estaba con los brazos abiertos, y alcancé a ver venas pálidas en sus manos. Fui consciente del gris oscuro de la calzada, del verde intenso de la hierba y del azul luminoso del cielo. Oía el estremecimiento que causaba la brisa en las hojas nuevas por encima de los disparos que aún retumbaban en mis oídos. Vi que el chaval observaba por el parabrisas al poli caído y luego me miraba fijamente. Advertí que el coche de la seguridad de la universidad salía por la puerta. Avanzaba más despacio de lo normal. Se habían disparado docenas de tiros. Quizás estuvieran preocupados por saber dónde empezaba y dónde terminaba su jurisdicción. Tal vez sólo tuvieran miedo. Vislumbré la palidez de sus caras tras el parabrisas. Se volvieron hacia mí. Su vehículo debía de ir a poco más de veinte por hora. Avanzaba lentamente hacia donde yo estaba. Eché un vistazo a la placa dorada del arroyo. El metal estaba desgastado por tantos años de uso. Miré mi camioneta. Me quedé totalmente quieto. Hace tiempo aprendí que es muy fácil matar a un hombre. Pero absolutamente imposible resucitarlo.
Oí al vehículo de la universidad aproximarse despacio. Y los neumáticos aplastar gravilla en el asfalto. Todo lo demás permanecía en silencio. De pronto el tiempo volvió a transcurrir y oí una voz interior que decía: «Huye huye huye.» Y huí. Me metí a toda prisa en el vehículo, arrojé el arma sobre el asiento, puse el motor en marcha y arranqué haciendo un cambio de sentido tan brusco que llegamos a estar sobre dos ruedas. El muchacho rebotó de un lado a otro. Sujeté el volante con fuerza, pisé el acelerador y puse dirección sur. En el retrovisor mi visión era limitada, pero observé que los polis de la universidad encendían la luz del techo y comenzaban a perseguirme.