A mi lado, el chico permanecía totalmente callado. La mandíbula colgando. Estaba concentrado en mantener el equilibrio; y yo en correr todo lo posible. Menos mal que no había mucho tráfico. Era una ciudad soñolienta de Nueva Inglaterra a primera hora de la mañana. Puse la camioneta a ciento veinte y aferré el volante, con la mirada fija en la calle, al frente, como si no quisiera saber qué había detrás.

– ¿Están muy lejos? -pregunté al muchacho.

No respondió. Estaba inerte y desolado por el shock en el extremo del asiento, todo lo lejos de mí que podía. Miraba fijamente el techo. Su mano derecha aferraba la puerta. Piel pálida, dedos largos.

– ¿Muy lejos? -volví a preguntar. El motor bramaba con fuerza.

– Has matado a un poli -balbuceó-. Ese viejo era un poli, ya lo sabes.

– Sí, lo sé.

– Le has disparado.

– Fue un accidente -repliqué-. ¿Están muy lejos?

– Te estaba mostrando la placa.

– ¿Están muy lejos? -insistí en tono perentorio.

Se movió en el asiento, se volvió y agachó un poco la cabeza para alinear la visión con la luna trasera.

– A unos treinta metros -dijo, indeciso y asustado-. Muy cerca. Uno de ellos se asoma por la ventanilla con un arma en la mano.

En ese preciso instante oí la lejana detonación de una pistola por encima del rugido del motor y los gemidos de los neumáticos. Cogí el Colt. Volví a dejarlo donde estaba. Me había quedado sin balas. Ya había disparado seis veces. Un radiador, dos neumáticos, dos tipos. Y un poli.

– La guantera -señalé.

– Deberías parar -sugirió-. Explicárselo. Querías ayudarme. Fue un error. -No me miraba. Tenía la vista fija en la luna trasera.

– He matado a un policía -dije con voz totalmente neutra-. Eso es todo lo que saben. Todo lo que quieren saber. Les dará igual cómo o por qué lo hice.

El chico no dijo nada.

– La guantera -repetí.

Se volvió de nuevo y abrió la guantera con torpeza. Allí había otro Colt Anaconda de reluciente acero. Estaba cargado. Lo cogí de manos del muchacho. Bajé el cristal de mi ventanilla. Entró un vendaval de aire frío. Transportaba el sonido de una pistola que nos disparaba por detrás, rápido y sin parar.



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