
Obligaron a los cuatro a arrodillarse en el centro del campo. El rostro de uno de ellos ocupaba el visor de la cámara y el americano se sorprendió de su apagada expresión, como si al condenado le importara poco su propia muerte. Supuso que los habían drogado. Pulsó el obturador y encuadró el rostro del siguiente hombre. Tenía la misma expresión.
Cuando el agente de la DSP apuntó su fusil de asalto AK47 a la nuca de su primera víctima, el americano comprobó la posición de la sombra en el campo. Procuró no sonreír, pero era un impulso irresistible. Iban a ser unas fotos magníficas.
Al DPLA, el Departamento de Policía de Los Ángeles, nunca le habían gustado mucho las manifestaciones de las diversas comunidades de la ciudad: latinoamericanos, indios, negros, trabajadores temporeros, hippies, maricas, estudiantes y huelguistas, todos habían probado en alguna ocasión las porras y armas antidisturbios de sus agentes más celosos. Pero aquélla era la primera vez que alguno de los veinticinco policías con cascos apostados frente al edificio de oficinas en construcción en lo que sería la nueva plaza de Hope Street veía a chinos concentrados para protestar por algo.
No es que en Los Angeles hubiese una gran masa de chinos, comparada con la de San Francisco. En el Barrio Chino, situado en la zona de North Broadway, en la misma puerta de la Academia de Policía, no vivían más de veinte mil personas. La mayor parte de la comunidad china, que crecía rápidamente, habitaba los barrios de las afueras, como Monterey Park y Alhambra.
