
Tampoco era una manifestación impresionante: sólo un centenar de estudiantes, más o menos, que protestaban contra la Yu Corporation y su supuesta complicidad con la política represiva de la República Popular China. Poco tiempo atrás se habían publicado en el Los Angeles Times unas fotos de la ejecución en Shenzen de varios estudiantes disidentes, en las cuales aparecía Yue-Kong Yu, presidente y director general de la empresa que llevaba su nombre. Pero como, al fin y al cabo, estaban en Los Angeles, donde hasta las más pequeñas concentraciones de manifestantes podían desmandarse rápidamente, helicópteros de la policía vigilaban la manifestación con discretos medios electrónicos y periódicamente enviaban informes digitalizados a su ordenador central, instalado en un búnker a prueba de misiles en el quinto sótano del Ayuntamiento.
Los manifestantes se mostraban bastante pacíficos. Incluso cuando la caravana de alargadas limusinas de Yue-Kong Yu y su séquito llegó a la obra, apenas hicieron otra cosa que gritar y agitar las pancartas. Protegido por la policía y media docena de guardaespaldas privados, el señor Yu subió tranquilamente un tramo de escaleras y, sin dirigir siquiera una mirada hacia los coléricos jóvenes, entró en su nuevo edificio por la puerta principal, un dolmen neolítico traído de las Islas Británicas.
En el vestíbulo, casi acabado, el señor Yu se volvió para examinar la puerta, montada en sentido oblicuo a fin de conseguir un mejor feng shui. Había comprado las tres antiguas piedras -una de ellas colocada horizontalmente sobre las otras dos para formar el dintel- por su semejanza con el logotipo de la Yu Corporation, basado en el carácter chino que simboliza la buena suerte. Movió la cabeza con aire de aprobación. Sabía que al arquitecto no le había gustado incluir aquellas piedras en un edificio tan moderno. Pero cuando el señor Yu tomaba una decisión, no era fácil disuadirle. El señor Yu pensó que había hecho bien, a pesar de la resistencia del arquitecto. El aspecto de la puerta era de lo más propicio. Y el atrio resultaba muy elegante. El más bonito que había visto. Más que el del Edificio Yoshimoto de Osaka. Y que el del Shinn Nikko de Tokio. Más bonito aún que el del Marriott Marquis de Atlanta.
