Cuando hubo entrado el último invitado del señor Yu, el sargento encargado de vigilar la concentración hizo señas a un manifestante para que se acercara, pues había decidido que el hecho de que llevara el megáfono le señalaba como cabecilla del grupo.

Cheng Peng Fei, en posesión de un visado para estudiar ciencias empresariales en la Universidad de California, se acercó rápidamente. Hijo único de dos abogados de Hong Kong, no era de los que se hacían repetir dos veces las indicaciones de un policía. Tenía un rostro tan liso y esférico que parecía cóncavo.

– Tendrá que llevarse a su gente al otro lado de la obra -dijo el sargento, arrastrando las palabras-. Creo que van a tirar una rama de árbol desde la última planta, y no queremos que nadie resulte herido, ¿verdad?

El sargento sonrió. Como veterano del Vietnam, miraba a los orientales con profundo recelo y hostilidad.

– ¿Por qué? -preguntó Cheng Peng Fei.

– Porque lo digo yo -replicó el sargento-. Por eso.

– No me ha entendido. Preguntaba por qué van a tirar una rama desde arriba.

– Pero ¿qué se cree que soy, un jodido antropólogo? ¿Cómo coño voy a saberlo? Venga, señor, retírese al otro lado o le detengo por obstrucción a la policía.

Tradicionalmente, la colocación del último ladrillo de un edificio se celebraba lanzando a la calle una rama de pino, que luego se quemaba antes de brindar por la finalización de la estructura. Pero, como sabían los que esperaban en el terrado, la verdadera ceremonia de terminación se había realizado unos diez meses antes, ocasión en que el señor Yu no pudo estar presente. El edificio ya estaba casi acabado por dentro, pero el señor Yu, que hacía una de sus raras visitas a Los Angeles para firmar con el Ejército del Aire de los Estados Unidos un contrato para el suministro a la Base Aérea de Edwards de seis superordenadores Yu-5 (cada uno de ellos capaz de realizar 1012 operaciones por segundo), estaba deseoso de comprobar la marcha de las obras de su nuevo edificio inteligente.



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