El hijo del señor Yu, Jardine, director de la Yu Corporation en Estados Unidos, había querido señalar la visita de su padre, de manera que en el terrado de aquel alto edificio se organizó una segunda ceremonia de terminación en la que una «última» y superflua loseta sería colocada por Arlene Sheridan, actriz hollywoodense y de edad un tanto avanzada a la que el presidente, de setenta y dos años, admiraba desde mucho tiempo atrás.

El acontecimiento del tejado se había organizado con un esmero y una etiqueta fuera de lo común: un almuerzo consistente en frutas de la estación, gallinas chinas rellenas de papelitos rojos de la suerte, cochinillo asado y cerveza Tsingtao. Entre los cincuenta invitados se contaban un senador federal, un diputado federal, el primer teniente de alcalde de Los Angeles, un juez federal, un general del Ejército del Aire, el dueño de unos estudios cinematográficos, representantes del comité consultivo para el plan estratégico del centro de la ciudad, miembros selectos de la prensa (con la notable excepción del Los Angeles Times), el arquitecto, Ray Richardson, y el ingeniero jefe, David Arnon. No se había invitado a ningún obrero, a menos que se considerase como tales a Helen Hussey, aparejadora, y a Warren Aikman, maestro de obras. Un sacerdote taoísta había llegado en avión de Hong Kong llamado por Jenny Bao, la asesora de feng shui de la Yu Corporation en Los Ángeles, que también estaba presente.

De corta estatura, cortés y efusivo, el señor Yu saludaba a sus invitados estrechándoles la mano con la izquierda, pues tenía el brazo derecho atrofiado de nacimiento. A quienes le veían por primera vez, les resultaba difícil asociar su enorme fortuna (la revista Forbes la estimaba en cinco mil millones de dólares) con el hecho de que estuviese en excelentes relaciones con los dirigentes comunistas de Pekín. Pero, por encima de todo, el señor Yu era un pragmático.



5 из 400