Tras las presentaciones, correspondió a Ray Richardson acercarse al micrófono para decir unas palabras sobre el edificio y la ceremonia. El «arquitecnólogo», como le gustaba definirse, aparentaba diez o quince años menos de los cincuenta y cinco que tenía. Llevaba un traje de lino color crema, una camisa azul claro y una corbata discreta que parecía pintada a mano, todo lo cual le daba aspecto de europeo, muy probablemente italiano. En realidad, era escocés, pero su acento indicaba que había pasado mucho tiempo al sol de California. Sus conocidos afirmaban que su acento era lo único en él que irradiaba algo de calor.

Desdobló unas hojas mecanografiadas, esbozó una sonrisa vacilante y, como si el sol de mediodía fuera demasiado fuerte para sus fríos ojos grises, sacó unas Ray-Ban de concha y bajó las persianas para ocultar la mezquindad de su alma.

– Y. K., senador Schwarz, diputado Kelly, señor teniente de alcalde, señoras y caballeros: la historia de la arquitectura no es, como cabría pensar, una cuestión de estética, sino de técnica.

Mitchell Bryan, sentado con los integrantes del equipo de proyecto y construcción, gimió para sus adentros al pensar que debería soportar otro de los farisaicos discursos de su socio mayoritario. Miró a David Arnon y le dirigió un guiño significativo tras comprobar que Joan, la mujer de Richardson, de raza india, no observaba aquel pequeño acto de resistencia. Pero Mitch no tenía por qué preocuparse. Joan contemplaba a Richardson con el recogimiento y atención que suele dedicarse a un sacerdote. David Arnon contuvo un bostezo y se retrepó en el asiento mientras trataba de imaginarse desnuda a Arlene Sheridan, sentada a la mesa de al lado.



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