Pedí a mi investigador, Raúl Levin, que comprobara este límite con la Administración Federal de Aviación. El rancho de Casey no estaba localizado debajo de ninguna ruta al aeropuerto. El límite inferior del espacio aéreo público encima del rancho era de trescientos metros. Los ayudantes del sheriff habían invadido claramente la intimidad de Casey al recopilar la causa probable para asaltar el rancho.

Ahora mi labor consistía en llevar el caso a juicio y obtener testimonio de los ayudantes y el piloto acerca de la altitud a la que sobrevolaron el rancho. Si me decían la verdad, los tenía. Si mentían, los tenía. No me complace la idea de avergonzar a las fuerzas policiales en un juicio público, pero mi esperanza era que mintieran. Si un jurado ve que un poli miente en el estrado de los testigos, el caso está terminado. No hace falta apelar a un veredicto de inocencia. El estado no puede recurrir un veredicto semejante.

En cualquier caso, confiaba plenamente en el as que tenía en la manga. Sólo tenía que ir a juicio y únicamente había una cosa que nos retenía. Eso era lo que necesitaba decirle a Casey antes de que el juez ocupara su lugar para la vista del caso.

Mi cliente se acercó a la esquina del corral y no me dijo ni hola. Yo tampoco. Él ya sabía lo que quería. Habíamos mantenido la misma conversación antes.

– Harold, ésta es la comparecencia de calendario -dije-. Aquí es cuando le digo al juez si estamos listos para ir a juicio. Ya sé que la fiscalía está lista. Así que depende de nosotros.

– ¿Y?

– Y hay un problema. La última vez que estuvimos aquí me dijiste que iba a recibir dinero. Pero aquí estamos, Harold, y sin dinero.

– No te preocupes, tengo tu dinero.

– Por eso estoy preocupado. Tú tienes mi dinero. Yo no tengo mi dinero.

– Está en camino. Hablé con mis chicos ayer. Está en camino.



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