
– La última vez también dijiste eso. No trabajo gratis, Harold. El experto que estudió las fotos tampoco trabaja gratis. Tu depósito hace tiempo que se agotó. Quiero más dinero o vas a tener que buscarte un nuevo abogado. Un abogado de oficio.
– Nada de abogado de oficio, tío. Te quiero a ti.
– Bueno, pues yo tengo gastos y he de comer. ¿Sabes cuánto he de pagar cada semana sólo por salir en las páginas amarillas? Adivina.
Casey no dijo nada.
– Uno de los grandes. Un promedio de mil cada semana sólo para pagar el anuncio, y eso antes de que coma o pague la hipoteca o la ayuda a los niños o de que ponga gasolina en el Lincoln. No hago esto por una promesa, Harold. Trabajo por una inspiración verde.
Casey no pareció impresionado.
– Lo comprobaré -dijo-. No puedes dejarme colgado. El juez no te dejará.
Un siseo se extendió por la sala cuando el juez entró por la puerta que conducía a su despacho y se acercó a los dos escalones que llevaban a su sillón. El alguacil llamó al orden en la sala. Era la hora de la función. Miré a Casey un largo momento y me alejé. Mi cliente tenía un conocimiento aficionado y carcelario de la ley y de cómo funcionaba. Sabía más que la mayoría. Pero todavía podía darle una sorpresa.
Me senté junto a la barandilla, detrás de la mesa de la defensa. El primer caso era una reconsideración de una fianza y lo solventaron rápidamente. A continuación el alguacil anunció el caso de California contra Casey, y yo subí al estrado.
– Michael Haller por la defensa -dije.
El fiscal anunció asimismo su presencia. Era un hombre joven llamado Víctor De Vries. No tenía ni idea de por dónde iba a salirle en el juicio. El juez Orton Powell hizo las preguntas habituales acerca de si había alguna disposición posible en el caso. Todos los jueces tenían la agenda repleta y un mandato prioritario de solventar los casos a través de una disposición. La última cosa que quería un juez era que no hubiera esperanza de acuerdo y el juicio fuera inevitable.
