Aun así, Powell escuchó la mala noticia por boca de De Vries y por la mía, y nos preguntó si estábamos preparados para programar el juicio para esa misma semana. De Vries dijo que sí, yo dije que no.

– Señoría -dije-, me gustaría esperar hasta la semana que viene si es posible.

– ¿Cuál es la causa de su demora, señor Haller? -preguntó el juez con impaciencia-. La fiscalía está preparada y yo quiero solventar este caso.

– Yo también quiero solventarlo, señoría. Pero la defensa está teniendo dificultades para encontrar a un testigo que será necesario para nuestro caso. Un testigo indispensable, señoría. Creo que con un aplazamiento de una semana será suficiente. La semana que viene estaremos listos para seguir adelante.

Como era de esperar, De Vries se opuso al aplazamiento.

– Señoría, ésta es la primera vez que la fiscalía oye hablar de un testigo desaparecido. Era él quien solicitó el juicio rápido y ahora quiere esperar. Creo que es una simple maniobra de dilación porque se enfrenta a…

– Puede guardarse el resto para el jurado, señor De Vries -le interrumpió el juez-. Señor Haller, ¿cree que en una semana solventará su problema?

– Sí, señoría.

– De acuerdo, les veré a usted y al señor Casey el próximo lunes y estará listo para empezar. ¿Entendido?

– Sí, señoría. Gracias.

El alguacil anunció el siguiente caso y yo me aparté de la mesa de la defensa. Observé que un ayudante del sheriff sacaba a mi cliente del corral. Casey me miró con una expresión que parecía formada a partes iguales por rabia y confusión. Me acerqué a Reynaldo Rodríguez y le pregunté si me permitiría volver a la zona de detenidos para poder continuar departiendo con mi cliente. Era una cortesía profesional que se permitía a la mayoría de los habituales. Rodríguez se levantó, abrió una puerta que había detrás de su escritorio y me permitió entrar. Me aseguré de darle las gracias utilizando su nombre correcto.



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