Casey estaba en una celda de retención con otro acusado, el hombre cuyo caso había sido llamado antes en la sala. La celda era grande y tenía bancos en tres de los lados. Lo malo de que la vista de tu caso se celebre pronto es que después has de sentarte en esa jaula hasta que hay gente suficiente para llenar un autobús hasta la prisión del condado. Casey se acercó a los barrotes para hablar conmigo.

– ¿De qué testigo estabas hablando ahí? -me preguntó.

– Del señor Verde -dije-. El señor Verde es lo único que necesitamos para llevar este caso adelante.

El rostro de Casey se contorsionó de rabia. Traté de salir le al cruce.

– Mira, Harold, sé que quieres acelerar esto y llegar al juicio y luego a la apelación. Pero has de pagar el peaje. Sé de larga experiencia que no me hace ningún bien perseguir a la gente para que me pague cuando el pájaro ha volado. Si quieres que juguemos ahora, pagas ahora.

Asentí con la cabeza y estaba a punto de volver a la puerta que conducía a la libertad, pero le hablé otra vez.

– Y no creas que el juez no sabe lo que está pasando -dije-. Tienes a un fiscal joven que es un pardillo y que no ha de preocuparse por saber de dónde vendrá su siguiente nómina. Pero Orton Powell pasó muchos años en la defensa antes de ser juez. Sabe lo que es buscar a testigos indispensables como el señor Verde y probablemente no mirará con buenos ojos a un acusado que no paga a su abogado. Le hice la señal, Harold. Si quiero dejar el caso, lo dejaré. Pero lo que prefiero hacer es venir aquí el lunes y decirle que hemos encontrado a nuestro testigo y que estamos listos para empezar. ¿Entiendes?

Casey no dijo nada al principio. Caminó hasta el lado más alejado de la celda y se sentó en el banco. No me miró cuando por fin habló.

– En cuanto llegue a un teléfono -dijo.



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