
– Bien, Harold. Le diré a uno de los ayudantes que has de hacer una llamada. Llama y quédate tranquilo. Te veré la semana que viene y pondremos esto en marcha.
Volví a la puerta, caminando con rapidez. Odio estar dentro de una prisión. No estoy seguro de por qué. Supongo que es porque a veces la línea parece muy delgada: la frontera entre ser un abogado criminalista y ser un abogado criminal. A veces no estoy seguro de a qué lado de los barrotes estoy. Para mí siempre es un milagro incomprensible que pueda salir por el mismo camino por el que he entrado.
3
En el vestíbulo del tribunal volví a encender el teléfono móvil y llamé a mi chófer para avisarle de que estaba saliendo. Comprobé mi buzón de voz y encontré mensajes de Lorna Taylor y Fernando Valenzuela. Decidí esperar hasta que estuve en el coche para devolver las llamadas.
Earl Briggs, mi chófer, tenía el Lincoln justo delante. Earl no salió a abrirme la puerta ni nada por el estilo. Su labor consistía únicamente en llevarme mientras iba liquidando los honorarios que me debía por conseguirle la condicional en una condena por venta de cocaína. Le pagaba veinte pavos la hora por conducir, pero luego me quedaba la mitad a cuenta de la deuda. No era lo que sacaba vendiendo crack en los barrios bajos, pero era más seguro, legal y algo que podía poner en un curriculum. Earl aseguraba que quería enderezar su vida y yo le creía.
Oí el sonido rítmico del hip-hop detrás de las ventanillas cerradas del Town Car al acercarme, pero Earl apagó la música en cuanto me estiré hacia la maneta. Me metí en la parte trasera y le pedí que se dirigiera a Van Nuys.
– ¿Qué estabas escuchando? -le pregunté.
– Hum, era Three Six Mafia.
– ¿Dirty Routh?
– Exacto.
A lo largo de los años, me había hecho conocedor de las sutiles diferencias, regionales y de otro tipo, en el rap y el hip-hop. La inmensa mayoría de mis clientes lo escuchaban, y muchos de ellos construían sus estrategias vitales a partir de esa música.
