
Me estiré y cogí la caja de zapatos llena de cintas de cassette del caso Boyleston y elegí una al azar. Apunté el número de la cinta y el tiempo en la pequeña libretita de control que tenía en la caja. Le pasé la cinta a Earl a través del asiento y él la puso en el equipo de música del salpicadero. No tuve que decirle que la reprodujera a un volumen tan bajo que pareciera poco más que un rumor de fondo. Earl llevaba tres meses conmigo y sabía lo que tenía que hacer.
Roger Boyleston era uno de mis pocos clientes que me había enviado el tribunal. Se enfrentaba a diversos cargos federales por tráfico de drogas. Las escuchas de la DEA en los teléfonos de Boyleston habían conducido a su detención y a la confiscación de seis kilos de cocaína que pensaba distribuir a través de una red de camellos. Había numerosas cintas, más de cincuenta horas de conversaciones grabadas. Boyleston habló con mucha gente acerca de lo que venía y de cuándo esperarlo. El caso era pan comido para el gobierno. Boyleston iba a pasar una larga temporada a la sombra y había poco que yo pudiera hacer salvo negociar un trato, cambiando la cooperación de Boyleston por una sentencia menor. Aunque eso no importaba. Lo que me importaba eran las cintas. Acepté el caso por las cintas. El gobierno federal me pagaría por escuchar las cintas en preparación para defender a mi cliente. Eso significaba que podría facturar un mínimo de cincuenta horas del caso Boyleston al gobierno antes de que se acordara todo. Así que me aseguré de que las cintas se iban reproduciendo mientras iba en el Lincoln. Quería estar seguro de que si alguna vez tenía que poner la mano sobre la Biblia y jurar decir la verdad podría afirmar con la conciencia tranquila que había reproducido todas y cada una de las cintas por las que había facturado al Tío Pasta.
Primero devolví la llamada de Lorna Taylor.
