
– ¿Nadie que conozcamos? -pregunté.
– Gloria Dayton llamó desde las Torres Gemelas.
Gruñí. Las Torres Gemelas, en el centro de la ciudad, era la principal prisión del condado. Albergaba mujeres en una torre y hombres en la otra. Gloria Dayton era una prostituta de lujo que de vez en cuando requería mis servicios profesionales. La primera vez que la representé fue hace al menos diez años, cuando ella era joven y no estaba metida en drogas y todavía tenía vida en la mirada. Ahora era una clienta pro bono. Nunca le cobraba. Sólo intentaba convencerla de que abandonara esa vida.
– ¿Cuándo la detuvieron?
– Anoche. O mejor dicho, esta mañana. Su primera comparecencia es después de comer.
– No sé si podré llegar a tiempo con este asunto de Van Nuys.
– También hay una complicación. Posesión de cocaína aparte de lo habitual.
Sabía que Gloria trabajaba exclusivamente a partir de contactos hechos en Internet, donde ella se publicitaba en diversos sitios web con el nombre de Glory Days. No era una prostituta callejera ni de barra americana. Cuando la detenían normalmente era porque un agente de antivicio había conseguido burlar su sistema de control y establecer una cita. El hecho de que llevara cocaína en el momento de su detención sonaba como un lapsus inusual por su parte, o bien el poli se la había colocado para inculparla.
