
– Muy bien, si vuelve a llamar dile que trataré de estar allí y que si no estoy pediré que alguien se ocupe. ¿Llamarás al juzgado para confirmar la vista?
– Estoy en ello. Pero, Mickey, ¿cuándo vas a decirle que es la última vez?
– No lo sé. Puede que hoy. ¿Qué más?
– ¿No es suficiente para un día?
– Supongo que bastará.
Hablamos un poco más acerca de mis citas para el resto de la semana y abrí mi portátil en la mesa plegable para poder cotejar mi agenda con la de Lorna. Tenía un par de vistas previstas para cada mañana y un juicio de un día el jueves. Todo eran asuntos de drogas del Southside. Mi pan de cada día. Al final de la conversación le dije que la llamaría después de la vista de Van Nuys para decirle si el caso Roulet iba a influir en los planes y de qué manera.
– Una última cosa -dije-. Has dicho que la empresa para la que trabaja Roulet se ocupa de inmuebles exclusivos, ¿verdad?
– Sí. Todas las ventas por las que aparece en los archivos son de siete cifras. Un par de ocho. Holmby Hills, Beverly Hills, sitios así.
Asentí con la cabeza, pensando que el estatus de Roulet podría convertirlo en una persona de interés para los medios.
– Entonces ¿por qué no le pasas el chivatazo a Patas? -dije.
– ¿Estás seguro?
– Sí, podremos arreglar algo.
– Lo haré.
– Luego te llamo.
Cuando cerré el teléfono, Earl ya me había llevado de vuelta a la Antelope Valley Freeway en dirección sur. Estábamos yendo deprisa y llegar a Van Nuys para la primera comparecencia de Roulet no iba a ser un problema. Llamé a Fernando Valenzuela para decírselo.
– Perfecto -dijo el fiador-. Estaré esperando.
