
Mientras él hablaba vi que dos motocicletas pasaban junto a mi ventana. Los dos moteros iban vestidos con un chaleco de cuero negro con la calavera y el halo bordados en la espalda.
– ¿Algo más?-pregunté.
– Sí, otra cosa que probablemente deberías saber-dijo Valenzuela-. Al comprobar con el juzgado cuándo iba a ser su primera comparecencia descubrí que el caso está asignado a Maggie McFiera. No sé si eso va a ser un problema para ti o no.
Maggie McFiera era Maggie McPherson, que resultaba ser una de las más duras y, sí, feroces ayudantes del fiscal del distrito asignados al tribunal de Van Nuys. También resultaba ser mi primera ex esposa.
– No será problema para mí -dije sin dudarlo-. Será ella la que va a tener problemas.
El acusado tiene derecho a elegir a su abogado. Si hay un conflicto de intereses entre el abogado defensor y el fiscal, entonces es el fiscal el que debe retirarse. Sabía que Maggie me culparía personalmente por perder las riendas de lo que podía resultar un caso grande, pero no podía evitarlo. Había ocurrido antes. En mi portátil todavía guardaba una moción para obligarla a renunciar al último caso en que nuestros caminos se habían cruzado. Si era necesario, sólo tendría que cambiar el nombre del acusado e imprimirlo. Yo podría seguir adelante y ella no.
Las dos motocicletas se habían colocado delante de nosotros. Me volví y miré por la ventanilla trasera. Había otras tres Harley detrás de nosotros.
– Aunque ¿sabes lo que significa? -dije.
– No, ¿qué?
– No admitirá fianzas. Siempre lo hace en los delitos contra mujeres.
– Mierda. Estaba esperando un buen pellizco de esto, tío.
– No lo sé. Dices que el tipo tiene familia y a C. C. Dobbs. Podría utilizar algo de eso. Ya veremos.
– Mierda.
Valenzuela estaba viendo desaparecer su paga extra.
– Te veré allí, Val.
Cerré el teléfono y miré a Earl por encima del asiento.
