
– ¿Cuánto hace que llevamos escolta? -pregunté.
– Acaban de llegar -dijo Earl-. ¿Quiere que haga algo?
– Veamos qué…
No tuve que esperar hasta el final de la frase. Uno de los motoristas de detrás se puso al lado del Lincoln y nos señaló la siguiente salida, la que conducía a Vasquez Rocks. Reconocí a Teddy Vogel, un antiguo cliente que era el motero de más rango entre los Road Saints que no estaban encarcelados. Probablemente era también el de más peso. Pesaba al menos ciento cincuenta kilos y daba la impresión de ser un niño gordo en la moto de su hermano pequeño.
– Para, Earl -dije-. A ver qué quiere.
Aparcamos en el estacionamiento junto a la escarpada formación rocosa bautizada en honor de un forajido que se había refugiado allí un siglo antes. Vi a dos personas sentadas y tomando un picnic en el borde de uno de los salientes más altos. Yo sería incapaz de sentirme a gusto comiendo un sandwich en una posición tan peligrosa.
Bajé la ventanilla cuando Teddy Vogel se acercó caminando. Sus cuatro compañeros habían parado el motor, pero se quedaron en sus Harley. Vogel se inclinó junto a la ventana y puso uno de sus gigantescos antebrazos en el marco. Sentí que el coche se hundía ligeramente.
– Abogado, ¿cómo te va? -dijo.
– Bien, Ted -dije, sin querer llamarlo por su apodo obvio en la banda: Teddy Bear-. ¿Y tú?
– ¿Qué ha pasado con tu cola de caballo?
– A alguna gente no le gustaba, así que me la corté.
– Un jurado, ¿eh? Debe de haber sido una colección de acartonados del norte.
– ¿Qué pasa, Ted?
– Me ha llamado Casey desde el corral de Lancaster. Me dijo que a lo mejor te alcanzaba en dirección sur. Dijo que estabas parando su caso hasta que tuvieras un poco de pasta. ¿Es así, abogado?
Lo dijo como conversación de rutina. No había ninguna amenaza en su voz ni en sus palabras. Y yo no me sentí amenazado. Dos años antes había conseguido que a Vogel le redujeran una acusación de secuestro agravado con agresión a una falta de desorden público.
