
– Eh, Mick, ¿estás ahí? -insistió Valenzuela.
Tomé una decisión, una decisión que a la larga me conduciría otra vez a Jesús Menéndez y que en cierto modo lamentaré durante muchos años. Pero en el momento en que la tomé era una decisión producto de la necesidad y la rutina.
– Allí estaré -dije al teléfono-. Te veo a las once.
Estaba a punto de colgar cuando oí otra vez la voz de Valenzuela.
– Y te acordarás de mí, ¿verdad, Mick? O sea, bueno, si de verdad es un filón.
Era la primera vez que Valenzuela buscaba que le asegurara que iba a retribuirle. Su petición incidió en mi paranoia y cuidadosamente construí una respuesta que lo satisficiera a él y a la judicatura, si estaban escuchando.
– No te preocupes, Val. Estás en mi lista de Navidad.
Cerré el teléfono antes de que él pudiera decir nada más y le pedí a mi chófer que me dejara en la entrada de empleados del tribunal. La cola ante el detector de metales era más corta, y por lo general a los vigilantes de seguridad no les importaba que los abogados -los habituales- se colaran para llegar a tiempo a un juicio.
Al pensar en Louis Ross Roulet y en el caso y las posibles riquezas y peligros que me esperaban, volví a bajar la ventanilla para poder disfrutar del último minuto de aire fresco y limpio de la mañana. Todavía llevaba el gusto de una promesa.
2
El tribunal del Departamento 2A estaba atestado de letrados, tanto de la defensa como de la acusación, negociando y charlando entre ellos cuando llegué allí. Supe que la sesión iba a empezar con puntualidad porque vi al alguacil sentado ante su mesa. Eso significaba que el juez estaba a punto de ocupar su lugar.
En el condado de Los Ángeles los alguaciles son de hecho ayudantes jurados del sheriff que están asignados a la división de la cárcel. Me acerqué al alguacil. Su mesa era la más próxima a la galería del público, de manera que los ciudadanos podían acercarse a hacer preguntas sin necesidad de profanar el recinto asignado a los letrados, acusados y personal del tribunal. Vi la agenda en la tablilla que tenía delante. Leí el nombre en su uniforme -R. Rodríguez- antes de hablar.
