
– Roberto, ¿tienes a mi hombre ahí? ¿Harold Casey?
El alguacil fue bajando el dedo por la lista, pero se detuvo enseguida. Eso significaba que tenía suerte.
– Sí, Casey. Es el segundo.
– Por orden alfabético hoy, bien. ¿Tengo tiempo de pasar a verlo?
– No, ya están entrando al primer grupo. Acabo de avisar. El juez está saliendo. Dentro de dos minutos verá a su cliente en el corral.
– Gracias.
Empecé a caminar hacia la portezuela cuando el alguacil me llamó.
– Y es Reynaldo, no Roberto.
– Claro, es verdad. Lo siento, Reynaldo.
– Todos los alguaciles nos parecemos, ¿no?
No supe si pretendía hacer una broma o se trataba simplemente de una pulla. No respondí. Me limité a sonreír y abrí la portezuela. Saludé con la cabeza a un par de abogados que no conocía y a otros dos que sí. Uno me detuvo para preguntarme cuánto tiempo calculaba que iba a estar ante el juez, porque quería calibrar cuándo regresar para la comparecencia de su propio cliente. Le dije que sería rápido.
En una comparecencia de calendario los acusados son llevados a la sala del tribunal en grupos de cuatro y puestos en un recinto cerrado de madera y cristal conocido como corral. Éste permite que los acusados hablen con sus abogados en los momentos previos a que se inicie el proceso, cualquiera que sea.
Me coloqué al lado del corral justo en el momento en que, después de que un ayudante del sheriff abriera la puerta del calabozo interior, desfilaran los cuatro primeros acusados de la lista de casos. El último en entrar en el corral era Harold Casey, mi cliente. Ocupé una posición cercana a la pared lateral para gozar de intimidad, al menos por un lado, y le hice una seña para que se acercara.
